Santa Cristina, el “faro” de la Ribeira Sacra gallega

Torre defensiva del monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil. C. R.

Los monjes benedictinos protagonizaron el esplendor del monasterio románico, enclavado en un privilegiado paraje natural de castaños y robles, donde se desarrolló la llamada viticultura heroica a orillas del río Sil

Aunque no es el más conocido de los hitos románicos de la Ribeira Sacra gallega, el monasterio de Santa Cristina de Ribas del Sil es uno de los monumentos más carismáticos de un conjunto natural y arquitectónico que aspira a convertirse en patrimonio mundial en 2021. En el impresionante cañón del río Sil, en la provincia de Ourense, hay que agudizar la vista para hallar el elemento más visible del cenobio cisterciense entre el frondoso paisaje. Es la torre almenada, rematada en pirámide, que vigila la seguridad de la construcción monástica.

En la zona, entre los siglos X y XII las órdenes monásticas desarrollaron las principales fuentes de vida, el cultivo de la castaña y la llamada viticultura heroica

Viajamos al siglo IX, cuando se tienen las primeras noticias de la fundación del monasterio. Los ascetas buscaban lugares insólitos, apartados, en la mitad de la naturaleza para alcanzar la perfección espiritual. En la zona, entre los siglos X y XII las órdenes monásticas desarrollaron las principales fuentes de vida, el cultivo de la castaña y la llamada viticultura heroica: el cuidado de las vides en terrenos completamente verticales. Algunos de ellos solo son hoy accesibles a través de pequeñas embarcaciones, desde el río.

Portada de acceso al claustro de Santa Cristina de Ribas del Sil. C. R.

En el siglo XII se produjo la fundación del monasterio benedictino, con la creación de la iglesia, la torre y el claustro románicos. Santa Cristina posee una belleza singular y rotunda. Su austeridad, propia del Císter, entona perfectamente con el privilegiado paisaje natural. Su única nave se yergue vertical, con una sencilla portada en la que destaca el rosetón románico de la parte superior, que iluminaba el interior, rematado por un triple ábside.

Junto a la portada hallamos uno de los elementos más singulares y bellos. Se trata de la portadilla de acceso al claustro. Una sola arquivolta muestra motivos vegetales (elegantes palmetas), rematada por una banda en forma de zig-zag. En el intradós, la cara interna del arco, se encuentran representados los cuatro evangelistas a través de sus figuras icónicas: el ángel, el águila, el toro y el león.

Una vez dentro del recinto claustral, hay que lamentar que solamente nos encontramos con dos galerías del antiguo edificio, construidas en el siglo XVI. De cualquier modo, el lugar presenta una magia especial, resguardado por la frondosa vegetación, y una construcción cuya sobriedad entona con facilidad con el conjunto románico. ¡Lástima que no haya llegado a nuestros días el claustro original! También podemos encontrar pequeños huecos o “armarium”, donde los monjes dejaban sus libros tras las oraciones en el espacio procesional. 

Fachada principal del monasterio gallego. C. R.

Era en este entorno donde los monjes desarrollaban su vida dedicada al trabajo y a la oración. Los “sequeiros”, antiguas construcciones de piedra que han llegado en algunos casos hasta nuestros días, les servían para poder almacenar y secar las castañas, un pilar de la economía del enclave. Pero, por encima de todo, cabe destacar la llamada viticultura heroica, desarrollada fundamente en esta época. Los mismos cultivos que entonces eran vitales para la subsistencia, ahora forman parte de un conjunto de viñedos cuyos frutos producen el elixir de un exquisito vino certificado por la denominación de origen de la zona. Y eso que ha transcurrido un milenio. 

El conjunto monástico fue perdiendo identidad hasta ser reformado en el siglo XVI y pasar a depender del vecino complejo de San Esteban de Ribas del Sil, una gran construcción que conserva tres claustros de diferentes épocas, hoy transformado como Parador de Turismo.

Claustro de Santa Cristina de Ribas del Sil. C. R.

Las desamortizaciones de 1835 supusieron un golpe definitivo para la vida en el lugar. El espacio se convirtió en una granja particular y las dependencias de los monjes, el claustro o la iglesia se pusieron a disposición de las nuevas tareas, lejos ya de su origen espiritual. Así que Santa Cristina fue transformado en almacén y en cuadras para el ganado. Hoy, el conjunto es uno de los hitos románicos, turísticos, más importantes de la Ribeira Sacra. Si no ha podido conservar su intensa vida de época medieval, al menos luce con esplendor por su belleza en el siglo XXI. A mediados de los años cincuenta, la construcción del embalse sobre las aguas del río Sil otorgó a la zona su aspecto definitivo, el que hoy algunos apodan “los fiordos gallegos”. 

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