Claustro de Palamós: el relato periodístico

Una emocionante aventura a través del siglo XX

En junio de 2012 los medios de comunicación nacional ponen el foco en el redescubrimiento de un supuesto claustro románico emplazado en una finca privada de la localidad gerundense de Palamós. Historiadores, expertos en Arte, arquitectos y las propias instituciones públicas inician la compleja tarea de investigar los orígenes de la construcción para comprobar si se trata de una obra original perteneciente a un edificio medieval o nos hallamos ante una construcción moderna que recrea el estilo románico. A lo largo de los dos últimos años, el trabajo periodístico ha contribuido a añadir una información valiosa para reconstruir la operación que dio origen al «claustro de Palamós». Claro que los nuevos datos, a su vez, han abierto la puerta a otras tantas dudas. A continuación, el relato periodístico que encadena las certezas y expone las preguntas que aún quedan por resolver acerca de las galerías románicas.

Una de las arcadas en la finca de Palamós (Gerona).

El personaje que explica la operación comercial del claustro de Palamós casi al completo es el anticuario Ignacio Martínez Hernández (Zamora, 1888-Santa Coloma de Gramanet, 1956). Consagrado a la compraventa de piezas de arte —primero en Castilla y León y más adelante en Madrid— Ignacio Martínez solía materializar negocios con particulares o la propia Administración por sumas económicas que no llegaban a superar las cien mil pesetas. Una de las operaciones más interesantes fue, por ejemplo, la venta de una pila bautismal procedente de Mazariegos (Burgos) al Museo Arqueológico Nacional, le reportaría 60.000 pesetas.

El traslado de su residencia a Madrid en la década de los veinte permitió a Ignacio Martínez conocer a una persona capital en sus futuros negocios: el hispanista y marchante de arte americano Arthur Byne (1884-1935). ¿Cómo se acredita la relación entre ambos? El profesor José Miguel Merino de Cáceres ha constatado que las mismas operaciones apadrinadas por Ignacio Martínez en España aparecen a nombre de Arthur Byne en Estados Unidos, con el magnate americano William Randolph Hearst como cliente y destinatario. La identidad de Martínez permitía a Byne realizar negocios con obras de arte en España de forma anónima, tapadera que dejaba intacta su imagen pública de estudioso y protector del patrimonio español.

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Ignacio Martínez, con su claustro. IPCE

Ignacio Martínez había heredado el oficio de anticuario de su padre, Fernando Martínez Pardo. El primogénito compartía la actividad de comerciante con sus hermanos Fernando, fallecido a los 38 años, y Jerónimo, el pequeño de la familia. En la década de los veinte, Ignacio y Jerónimo se establecen en Madrid. El primero alquila una vivienda en el barrio de Ciudad Lineal de Madrid (calle Ángel Muñoz, número 17) en la que ya aparece registrado en 1928. Jerónimo, por su parte, abre una tienda de antigüedades en el número 35 de la calle Ribera de Curtidores.

Completamente integrado en la vida de Ciudad Lineal —llegó a liderar la comisión de festejos del barrio— Martínez establecerá una intensa relación de amistad con Ana Águeda de Martorell, quien —al fallecer en agosto de 1030— le entrega en herencia una finca de grandes dimensiones en el número 5 de la calle Ángel Muñoz.

Solo unos meses después de la muerte de De Martorell, ya en 1931, el anticuario Ignacio Martínez inicia la operación comercial más importante de su vida. El restaurador zamorano pretende reconstruir o recrear un claustro de estilo románico en la finca que acaba de heredar.

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Uno de los capiteles del claustro en Ciudad Lineal. IPCE

Con tal fin, Ignacio Martínez encarga la tarea de supervisión de la obra a Julián Ortiz Fernández, un restaurador natural de Talavera de la Reina que acababa de trasladarse a Madrid. Amistades comunes desembocaron en el encargo de un modesto trabajo de restauración —la rehabilitación de varias tinajas de vino—, una primera tarea que permitió establecer una relación de confianza entre el promotor de la obra de Ciudad Lineal y el futuro supervisor de los trabajos. Julián Ortiz se trasladaría junto a su familia a la finca del barrio madrileño, esta vez no para realizar tareas de restauración, sino para informar de la evolución de los trabajos en la finca.

La recreación o reconstrucción del claustro de estilo románico comenzaría con el recrecido de la valla que separa la propiedad privada de la calle Ángel Muñoz. Este dato prueba que Ignacio Martínez desea ocultar los trabajos que van a llevarse a cabo en el interior. El testimonio de la familia Ortiz aporta un dato clave: a partir de 1931 comenzarán a llegar camiones procedentes de Salamanca con dos tipos de mercancía. Por un lado, piezas ya talladas y, por otro, sillares vírgenes. Una treintena de trabajadores —que llevarán a cabo la construcción del claustro en la finca y en unas naves anejas— levantan un cimiento de grandes dimensiones para iniciar la colocación de zócalos, basas, fustes, capiteles y arcos.

En las fotos conservadas en el Archivo Moreno del Instituto del Patrimonio Cultural Español (IPCE), que retratan la obra prácticamente terminada, pueden apreciarse determinadas marcas de erosión en algunas piezas incrustadas en los machones o en los arcos. Dejando a un lado aquellas que pudieron ser castigadas de manera intencionada para semejar la antigüedad de siglos de una supuesta construcción moderna, también aparecen signos de apalancamiento en los zócalos, detalle constatado por el profesor Gerardo Boto.

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La familia Ortiz, en Ciudad Lineal. Foto Familia Ortiz

Este hecho nos llevaría a plantear una primera hipótesis: el claustro comenzó a erigirse en una ubicación anterior a la finca de Ciudad Lineal y lo ya construido —o las piezas ya existentes— se trasladaron a Madrid en 1931 para su conclusión. ¿Por qué la mercancía procede de Salamanca? Porque las piezas ya existentes —originales o no— están fabricadas en piedra arenisca de Villamayor, cuya cantera está ubicada a pocos kilómetros de la capital charra. De la explotación, por encargo, se extrae la cantidad de material necesario para la recreación del claustro. Aunque reconocen el posible carácter «legendario» de la versión familiar, los herederos de Ignacio Martínez escucharon decir en el hogar de Barcelona (tras la Guerra Civil) que las galerías habían sido construidas «sobre algunas piezas heredadas».

La implicación del marchante Arthur Byne en esta operación, aunque posible, no está acreditada. Solo dos argumentos invitan a involucrar a Byne en el negocio. El primero, la financiación de la obra: la compra de las piezas originales (medievales o no), la adquisición de la piedra arenisca virgen en las canteras de Villamayor y la contratación de varias decenas de operarios requerían una cantidad económica importante. ¿Contaba Ignacio Martínez con ese montante? La respuesta a esta pregunta puede residir en la entidad de la herencia recibida de la marquesa Ana Águeda de Martorell: es a su muerte, una vez que Martínez recibe el legado, cuando se inician los trabajos. En todo caso, la hipótesis del inicio de la construcción de las galerías en una etapa anterior a Madrid requiere localizar también un espacio previo a la finca de Ciudad Lineal en Salamanca —de donde procedía la mercancía— o en su entorno. Quizá sea importante en este punto citar el origen zamorano de Martínez.

Por otro lado, Arthur Byne pudo ser una pieza clave en la comercialización del «producto». En esta operación, la finca de Ciudad Lineal era el «escaparate» en el que el claustro fue recreado con el objetivo principal de crear un catálogo fotográfico que mostrara las virtudes de las galerías. De hecho, rememora la familia Ortiz, los operarios colocaron una fuente y plantaron berenjenas en la zona del prado (por la vistosidad de sus flores moradas) para ofrecer la imagen más seductora posible.

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El claustro en Mas del Vent (Palamós). Foto Archivo de Palamós

Para dar sentido a la operación, es necesario introducir a un nuevo personaje en la escena. La reconstrucción o recreación del claustro precisa de un experto técnico, de un arquitecto. Aunque no existe una sola prueba que lo certifique, resulta plausible pensar en el arquitecto que dirigió los trabajos de restauración de la Catedral Vieja de Salamanca en la década de los años veinte, Ricardo García-Guereta. El prestigioso diseñador de El Astillero (Cantabria) era vecino de Ignacio Martínez en Ciudad Lineal y trabajaba por entonces con la piedra arenisca de Villamayor en la Seo salmantina. En el diseño de unas galerías de estilo románico, García-Guereta pudo utilizar como modelo el conjunto oscense de San Juan de la Peña, cuyo claustro fue restaurado a finales del siglo XIX por Ricardo Magdalena. La arquitectura de ambos conjuntos —no la talla de los capiteles— muestra llamativas semejanzas.

La construcción del edificio estaba prácticamente finalizada antes de la Guerra Civil. Lo acreditan las fotografías del Archivo Moreno, en las que se observan tres galerías completas y un andamiaje en la cuarta, la única por finalizar. El estallido de la contienda nacional fuerza a Martínez, a su mujer María Ángeles y a su único hijo Federico a dejar Madrid para buscar un lugar más seguro. El destino será Barcelona. Tras el paso por una cárcel republicana, Ignacio Martínez se establece en una casa de la calle de la Condesa de Sobradiel, en el Barrio Gótico de la Ciudad Condal. «La vida se fue reiniciando», relata la familia Martínez. En el mismo edificio se hallaba la vivienda y un taller de restauración en la planta baja, en el que los Martínez —Ignacio y su hijo Federico— continuaron trabajando para clientes importantes: el Ministerio de Educación Nacional, el Patronato del Alcázar de Segovia, la Inspección General de Museos, la Jefatura del Estado o Patrimonio Nacional, tal y como avalan diferentes cartas de estas instituciones.

Las dificultades económicas en la década de los treinta, la guerra fratricida y posiblemente la muerte de Arthur Byne en accidente de tráfico (si llegó a participar en la operación) postergaron el negocio hasta dejarlo en punto muerto. En la finca de Ciudad Lineal, el cabeza de familia, Julián Ortiz, tuvo que dejar el país al perder la contienda su bando, el republicano. Como muchos otros españoles, Ortiz fue recluido en los campos de trabajo franceses, pero evitó las terribles consecuencias de un eventual viaje a Mauthausen, la cárcel nazi a la que fueron destinados la mayor parte de los españoles «sin patria» en aquel momento.

Finalmente, en 1943 Julián Ortiz es incluido en un destacamento de españoles que regresarán a España. El restaurador se reunirá con su familia en la finca de Ciudad Lineal, en cuyo interior se aprecia una diferencia principal: una de las galerías se ha venido abajo.

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El claustro, ya en Palamós. Foto E. C. R.

¿Regresó el anticuario Ignacio Martínez a Madrid para pasar revista a sus propiedades? En efecto, el testimonio de la familia Ortiz confirma que Martínez volvió a la capital del país en, al menos, una ocasión. Una vez allí, el comerciante zamorano recibió una respuesta severa: «Don Ignacio, todo lo suyo está repartido. Quédese en Barcelona, nadie lo molestará, pero si no, ya sabe. Así están las cosas», relata la familia Martínez.

Un nuevo y reputado anticuario entra en escena: el bejarano Eutiquiano García Calles. Resulta plausible pensar que Eutiquiano conocía a la familia Martínez. El pequeño de los comerciantes zamoranos, Jerónimo Martínez, regentaba una tienda de antigüedades en las galerías Conchita Piquer. Allí, recibía la visita de una clienta de excepción: Carmen Polo, esposa del general Franco. Es conocido que García Calles tuvo también una estrecha relación de amistad con la mujer del dictador. En el entorno de Eutiquiano todavía recuerdan que el joyero bejarano —que poseía un edifico completo en la plaza de Santa Ana— recibía en su casa «en batín» a Carmen Polo, persona muy aficionada y conocedora de las antigüedades.

Precisamente, la marcha forzada de Ignacio Martínez a Barcelona invita a pensar que sus bienes pudieron ser requisados por el Gobierno franquista. ¿Quién podía ser el destinatario? Un prestigioso comerciante con una excepcional relación con la dictadura: Eutiquiano García Calles. El joyero toma las riendas de la operación y, según testimonian algunos documentos, llega incluso a trasladar algunos capiteles de Ciudad Lineal a la plaza de Santa Ana, posiblemente para su promoción.

Sin embargo, la venta no se concretaría en Madrid, sino en Barcelona, donde Eutiquiano García Calles cuenta con un representante. Dos años después de fallecer Ignacio Martínez, en 1958, su hijo Federico acude junto a Eutiquiano García Calles a la finca de Ciudad Lineal para comunicar a la familia Ortiz la venta del claustro y su inminente desmontaje. Las piezas serían numeradas, embaladas y trasladadas en los camiones de la empresa Mateu & Mateu con destino a la finca Mas del Vent, en Girona, propiedad de Hans Engelhorn. El empresario alemán pagaría casi un millón de pesetas por el conjunto. Si Ignacio Martínez había perdido el control de sus propiedades en Madrid, ¿qué papel desempeña su hijo Federico? Pregunta sin respuesta, hasta la fecha.

Las fotografías aéreas del barrio de Ciudad Lineal, digitalizadas en el programa informático Nomecalles de la Comunidad de Madrid, atestiguan la evolución de la finca a lo largo de las décadas. Después del traslado del claustro a Gerona, la huella de las galerías continúa patente hasta 1975 a través del cimiento que lo sustentaba. La imagen posterior, tomada en 1991, permite observar ya el edificio actual erigido en el número 5 de la calle Ángel Muñoz, el colegio religioso Madre de Dios.

Aunque la familia Martínez residía en el Barrio Gótico de Barcelona, Ignacio alquiló una casa de verano en Santa Coloma de Gramanet que se convertiría en residencia definitiva de los restauradores. Allí murió en 1956, cuando contaba 68 años. Con el traslado del claustro a Palamós, la familia Ortiz tuvo que abandonar la finca de Ciudad Lineal, que acabó en manos de la orden religiosa propietaria del centro Madre de Dios. Por último, Eutiquiano García Calles fallecía en 1960, tan solo dos años después de rematar la operación de venta del claustro.

Del relato periodístico se desprenden aún preguntas clave sin aparente respuesta: ¿quién inició la construcción del claustro en la etapa anterior a Ciudad Lineal? ¿De dónde procedían las piezas que llegan ya talladas a la finca madrileña? ¿Quién financió la operación comercial? De tratarse de una mera restauración, ¿por qué contrata Martínez a una treintena de operarios durante un tiempo prolongado? ¿Respondía el recrecido de la valla de Ciudad Lineal al interés de los promotores por ocultar una recreación? ¿Para qué cliente fue pensado el conjunto? ¿Quién financió el proyecto? ¿Qué arquitecto diseñó las galerías? Y por último, ¿dónde se hallan los documentos relativos a la operación comercial?

Jornadas en torno al claustro de Palamós. Generalitat de Cataluña. Noviembre de 2014.

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