El sexo es pecado

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Escenas sexuales en los panecillos de San Pedro de Cervatos. C. R. 

Numerosos relieves en los templos románicos representaban escenas lujuriosas para ahuyentar a los fieles de practicar relaciones. Quien se saltaba la prohibición, ya sabía qué pena tenía que pagar con solo advertir complejas escenas en las que se hace referencia a los miembros sexuales o a hiperbólicas posturas.

Si la Iglesia perseguía el buen comportamiento de los fieles, ¿por qué aparecen representadas provocativas imágenes que hacen referencia al sexo? ¿No hubiera sido más inteligente no mencionarlas, ocultarlas… prohibirlas? Todo lo contrario. En la Edad Media buena parte de los ciudadanos eran prácticamente analfabetos y el saber, curiosamente, se encontraba en manos de las clases más elevadas, instruidas, y en la propia Iglesia. ¿Cómo decirle a un cristiano que la práctica del sexo más allá de la función biológica de perpetuar la especie era un horroroso pecado? Mostrando escenas proscritas en el principal lugar de reunión social: los templos. Esa es la explicación de las abundantes escenas sexuales que pueblan canecillos y arquivoltas románicas.

El escritor palentino Jesús Herrero Marcos recogió el guante en 2011 y decidió adentrarse en un listado, una clasificación, un análisis de estas escenas que se suelen ver en Castilla y León, norte del país e incluso en el sur de Francia (La lujuria en la iconografía románica, Cálamo). Según Herrero, esos provocativos relieves eran «como las señales de tráfico del presente». Es decir, informaban a los fieles de aquello que no se podía hacer. Practicar el sexo fuera de la función más esencial, buscar el disfrute, era algo que se pagaba, ¿pero cómo?

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El personaje retuerce un hiperbólico falto por su cuello. Foto La Opinión de Zamora

Herrero afirma que cuando los cristianos veían estas imágenes, rápidamente las asociaban a un tipo de pena: tres cuaresmas a pan y agua, tres años, toda la vida…». La colegiata de San Pedro de Cervatos es todo un catálogo de este tipo de escenas. En sus canecillos aparecen representaciones de un pecador sufriendo el castigo por sus «delitos» relacionados con su «vicio», o directamente, la representación del coito en otro de estos relieves. Todo tenía un precio… y había que pagarlo. A menudo, las complicadas posturas de los representados ya significaban un matiz negativo de la escena.

Pero no solo los fieles eran observados y tenían que confesar los pecados y pagar sus penas. Los propios religiosos eran objeto de vigilancia por parte de la Iglesia. Hemos de identificar una Iglesia donde primaban aspectos tan llamativos como el absentismo de los templos o el «tráfico de influencias», tendencias corregidas por un monacato que quería acabar con esas conductas tan alejadas del bien hacer cristiano. En la iglesia de San Juan Amandi, en Villaviciosa (Asturias), un religioso descubre su levita y un jabalí intenta arrebatarle el miembro sexual. Una secuencia parecida a la de uno de los personajes de la iglesia de Santo Tomé, en Zamora, donde el protagonista retuerce sobre su cuello un enorme falo… ¿Sorprendidos?

Estos ejemplos son abundantes. Ocurre que se sitúan en algunos espacios y zonas difíciles de identificar, lavados por el tiempo y la erosión. Pero están ahí. Tienen un objetivo aleccionador y, ojo, persiguen el pecado, o lo que la Iglesia consideraba que estaba prohibido… y había que pagar.

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