San Andrés de Arroyo: el capitel deseado

La sobriedad y sencillez del arte cisterciense no impidió al maestro escultor tallar a trépano uno de los capiteles más espectaculares de este estilo, custodiado durante ocho siglos por las monjas bernardas

A finales del siglo XI, surgirá en la Borgoña francesa una nueva orden religiosa. Hay quien pensaba que los monjes de Cluny habían relajado los preceptos de la regla de San Benito, que habían dejado a un lado el trabajo para ocuparse únicamente del rezo, rompiendo el binomio “ora et labora”. Nace así en la Abadía de Citeaux una nueva y poderosa orden que va a extender su filosofía por Europa los siglos XII y XIII.  

Esta nueva corriente ayuda a impulsar en España numerosos monasterios allá en parajes apartados, idílicos, donde la naturaleza y el agua permitan la subsistencia, lejos de la corrupción urbana. En uno de estos espacios recónditos nace una de las comunidades de religiosas cistercienses femeninas más importantes del país. En el valle de Ojeda, en la localidad palentina de Santibáñez de Ecla, se levanta el monasterio palentino de San Andrés de Arroyo. La condesa doña Mencía de Lara impulsa en 1181 un ambicioso complejo monástico con la ayuda de Alfonso VIII, que venía de crear el monasterio de las Huelgas Reales en Burgos, que tomaría como modelo.

Desde entonces, las monjas de la Congregación de San Bernardo han vivido y rezado en San Andrés de forma ininterrumpida durante más de ocho siglos, con un solo paréntesis. Se trata de las dos décadas de  siguientes al decreto desamortizador de Mendizábal, que no impediría que la comunidad regresase en 1856.

Claustro del Monasterio de San Andrés de Arroyo.

Pero, ¿en qué consistía el nuevo arte cisterciense? Los artistas tenían libertad para crear bajo un criterio estricto: sobriedad. Consideraba el Císter que la figuración escultórica y la pintura distraían al monje de su compromiso con Dios. La etapa de desarrollo del Císter llega ya con un románico en su fase final, con las primeras luces del refulgente gótico. De ahí que se adivinen sus arcos apuntados en edificios contenidos, pero elegantes, monumentales, con un especial cuidado en la finura de los detalles. 

Así es el monasterio de San Andrés de Arroyo: elegante, sobrio, monumental. La auténtica joya del complejo se encuentra en la “puerta” que conecta el mundo terrenal con el paraíso celeste: el claustro, creado en el siglo XIII. De sus cuatro lados, tres son originales y el cuarto, que se vino abajo, fue sustituido por otro puramente gótico. Sus galerías están soportadas por pares de columnas y capiteles dobles, con una decoración sin más pretensión que el arte floral, aunque…

…Que la figuración en el Císter fuera escasa no quiere decir que el artista no pudiera expresar su talento. Aquí, encontramos su maestría en las columnas que cierran dos de sus esquinas, las originales. Robustos pilares, recubiertos de ornamentación vegetal, sostienen una de las mayores joyas del arte cisterciense de todo el país. En el ángulo noroeste se sitúa un capitel tallado a trépano, una herramienta de trabajo que permitía practicar una verdadera filigrana artística.

Para ello, el escultor utilizaba el bloque de arenisca, recién extraído y todavía húmedo y, por lo tanto, dúctil, para tallar los detalles decorativos con partes de plantas entrelazadas, unidas a la cesta por unos pocos puntos de contacto. El tiempo ayudaba a fortalecer sus ramificaciones al punto de que esta obra ha llegado casi íntegra a nuestros días, ocho siglos después, bajo la custodia de las monjas bernardas. Prácticamente, un milagro.

Vergel del claustro de San Andrés de Arroyo.

Así que esta verdadera obra de arte –el capitel del otro ángulo muestra hojas vegetales interesantes, pero no tan espectaculares- huía un tanto del carácter sencillo, austero, pobre… de los cistercienses. 

Un aspecto, de entre otros muchos, conviene subrayar. Es la sala capitular, conectada al claustro por un elegante acceso de cinco vanos, donde también se manifiesta la elegancia del Císter. En su interior se custodian los restos de doña Mencía de Lara en un sepulcro de piedra. En el otro, descansa su sucesora, su sobrina María de Haro, que falleció a finales del siglo XIII. 

Así que llegar a Aguilar de Campoo y recorrer los quince kilómetros que distan de San Andrés de Arroyo es, prácticamente, un viaje en el tiempo para descubrir la filosofía que hace tantos siglos extendió la orden del Císter en nuestro país.  

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