Josep Pijoan, el ladrón «bueno» de arte románico

La controvertida estrategia del historiador para que el arte no acabara en manos de coleccionistas y museos extranjeros restó reconocimiento a una de las figuras más potentes en la cultura catalana y española del siglo XX

Retrato de Josep Pijoan en el siglo XIX, a cargo de Joaquim Torres-García. MNAC.

Quizá su carácter controvertido, polémico, tan valiente como temerario, le han restado méritos a Josep Pijoan para ser coronado como una de las figuras que más han aportado al conocimiento y la divulgación del arte en general, y del pasado cultural de Cataluña en general. Pijoan (Barcelona, 1881-Lausana, Suiza, 1863) fue el impulsor de una de las obras de divulgación artística más reeditadas e internacionales, Summa Artis, así como de las instituciones clave para entender la cultura catalana: el Instituto del Patrimonio Catalán y la Biblioteca de Cataluña.

Ya en su etapa en Roma —durante su vida no dejó de viajar entre continentes— comenzó a finales del siglo XIX a teorizar sobre la falta de una estructura que sostuviera la cultura de Cataluña, como ya tenían otros territorios. Pudo acceder por un difícil camino a la Junta de Museos de Barcelona, una institución creada en 1902 y que protagonizó una de las operaciones más importantes y polémicas en la región: el «salvamento» de las pinturas murales de las iglesias del Valle de Bohí a principios de los años veinte.

Para entonces, Pijoan ya había hecho historia en la entidad y se había exiliado por décadas, carente de apoyos en su tierra natal. En la Junta encontró a su antítesis: Josep Puig i Cadafalch, ambos historiadores, investigadores y arquitectos que perseguían un mismo fin —la puesta en valor del pasado de Cataluña—, pero con medios diametralmente opuestos. En este sentido, Pijoan utilizó todos los recursos a su alcance… y quizá también los que no tenía. El estudioso entendía que el ser humano no podía contemplar los hechos y, pudiendo reaccionar, no hacerlo. 

Pero, ¿qué estaba ocurriendo en la Cataluña de principios de siglo? El estudio del arte medieval estaba despertando, la divulgación de fotografías y la edición de catálogos de arte estaban «salvando» el pasado de la ignorancia en una sociedad hasta el momento indiferente, pero al mismo tiempo esa labor estaba atrayendo un negocio que no tendría casi límite: el comercio de antigüedades bullía en Barcelona, incluso más que en El Prado y en Ribera de Curtidores en Madrid. Consecuencias: los anticuarios se hacían con preciadas piezas antiguas y el precio se multiplicaba. ¿Para quién? Para los acaudalados magnates que miraban desde ultramar con envidia el pasado español, el románico español. También surgían en esta época decenas de museos que precisaban de llenar sus armarios con una colección que los situara en el mapa del arte internacional. Como así fue. 

Pinturas de Sant Quirce de Pedret, hoy en el MNAC.

¿Cómo competir en este complejo mercado? Mientras el prestigioso arquitecto modernista Puig i Cadafalch aceptaba la vía convencional, Pijoan apostaba por el riesgo: quería convertirse en una especie de Robin Hood del arte medieval catalán. Él mismo reconocía, incluso se jactaba, de negociar directamente con obispados como el de la Seu d’Urgell, que habían entrado en el juego de los marchantes de arte. Como la Junta de Museos tenía un presupuesto limitado —aunque Cadafalch consiguió los recursos más que necesarios para el Museo de Artes Decorativas y Arqueología, futuro MNAC— Pijoan apenas contaba con dinero para adquirir piezas. Así que llegó a engañar a párrocos y cabildos enteros para que esas piezas no pusieran rumbo a colecciones privadas ni a museos extranjeros. Pero lo moralmente más cuestionable es que, cual vil ladrón, llegó a «robar» obras de arte para los museos que gestionaba la Junta en Cataluña. La gran pregunta: ¿Estaba permitido robar por una buena causa? Quizá haya que viajar a ese tiempo para calibrar el asunto en su justa medida.

En 1907, Puig i Cadafalch lanzó una expedición crucial por la Alta Ribagorza para conocer y estudiar el patrimonio del Valle de Bohí, identificarlo con pelos y señales. La decepción de Pijoan llegó al descubrir que en las notas del arquitecto apenas había hecho referencia a la pintura mural, una de las grandes pasiones del historiador. Así que él mismo se lanzó en la aventura personal de una serie de publicaciones por fascículos sobre “Las pinturas murales catalanas”. El título ya era un desafío: en la época no se conocía que hubiera «varios» conjuntos pictóricos. Pero a la primera entrega —las pinturas de Sant Quirce de Pedret, Barcelona— le siguieron muchas más para describir y descubrir el tesoro catalán, desde que Domenech i Montaner realizara aquella foto talismán de Sant Climent de Tahull en 1904.

Pijoan, consciente de los tesoros que escondían las iglesias rurales catalanas y los templos más valiosos, recorrió Cataluña en carreta. Y a la hora de visitar las obras de las nuevas infraestructuras, se confundía con un obrero más: era complicado distinguir su aspecto de cualquier peón o yesista de las obras, cubierto de polvo por los cuatro costados.

No conforme con su labor hasta la fecha, consciente de aquello de que en Cataluña «estaba todo por hacer» y mientras Puig i Cadafalch no encontraba libros para conformar una biblioteca, Pijoan impulsó dos instituciones clave en la cultura de la época y en el futuro: el Instituto de Estudios Catalanes y la Biblioteca de Cataluña. En este último caso, una donación dirigida a su persona hizo posible llenar las estanterías con los volúmenes adecuados. En apenas un par de años, Pijoan había aportado más que todo el siglo anterior a la sociedad, en el plano cultural. 

Que Pijoan era un hombre de armas tomar estaba fuera de toda duda. En la inauguración del Museo de Artes Decorativas, tomó la palabra tras hacerlo Puig i Cadafalch para decir unas palabras que querían impresas en los periódicos del momento: «Gracias, no por haber venido, sino por haber dejado hacer». 

Quizá por este tipo de afirmaciones, Pijoan continúe hoy como una de las personas más desconocidas pese a sus grandes aportaciones. Una de ellas, también una de las más valiosas, fue la colección de arte general Summa Artis, que tuvo un éxito sin precedentes y se acompañó de varias reediciones y reimpresiones. Pijoan se encargaría a lo largo de su vida de los primeros 16 volúmenes, para dejar a continuación el proyecto en manos de su colega, el catedrático de Arte José Camón Aznar. 

Uno de los volúmenes de Summa Artis, escrito por José Pijoan.

Josep Pijoan desapareció entonces del mapa. Era una década clave para el patrimonio catalán. Máxime cuando en 1919 se consumó el exilio de las pinturas de la Colegiata de Santa María de Mur, rumbo al Museum of Fine Arts de Boston. Aquella operación llevada a cabo por Ignacio Pollack y José Plandiura ante los ojos de la Junta de Museos de Barcelona permitió lanzar la arriesgada y polémica «operación de salvamento», que hoy permite observar la mayor colección mundial de pintura mural románica en los salones del MNAC. Otros eran los rectores de las instituciones catalanas, pero Pijoan había dejado ya su propia impronta.Su legado se completaría con otra gesta más. Conocedor del desarrollo cultural de Italia, impulsó la creación de una Escuela de España en Roma, como había de otros países. Para ello se valió de su amistad con el filósofo Francisco Giner de los Ríos, la misma persona que había conseguido colar a Pijoan por la puerta de atrás de la Junta de Museos, para disgusto de Puig i Cadafalch. El historiador consiguió un hito más: que el número de pensionados en Roma fuera equitativo para catalanes y jóvenes del resto de España. Pijoan le había ganado otra partida más al poderoso arquitecto modernista. 

Su legado se completaría con otra gesta más. Conocedor del desarrollo cultural de Italia, impulsó la creación de una Escuela de España en Roma, como había de otros países. Para ello se valió de su amistad con el filósofo Francisco Giner de los Ríos, la misma persona que había conseguido colar a Pijoan por la puerta de atrás de la Junta de Museos, para disgusto de Puig i Cadafalch. El historiador consiguió un hito más: que el número de pensionados en Roma fuera equitativo para catalanes y jóvenes del resto de España. Pijoan le había ganado otra partida más al poderoso arquitecto modernista. 

Puedes encontrar más informaciónó sobre Josep Pijoan en El románico español.

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